Publicado por Berto Pena el 13 jul 2012 >> Ver artículo original
Cuando tengo que dar un extra, cuando tengo que sacar muchas cosas adelante, cuando quiero conseguir concentración, cuando quiero hallar claridad y creatividad, tengo una idea a la que siempre recurro: quedarme a solas con mi tarea.
Es una idea sencilla, nada llamativa. Pero tremendamente poderosa y efectiva: yo y mi tarea a solas, sin nada delante ni alrededor.
Es una idea sencilla, nada llamativa. Pero tremendamente poderosa y efectiva: yo y mi tarea a solas, sin nada delante ni alrededor.
Ese momento hace que todo lo bueno que tengo y soy, que toda mi experiencia, mi creatividad, mi lucidez, mi habilidad, mi conocimiento, que todos mis “sentidos productivos”, estén volcados sobre ella. Esto, dispara automáticamente mi capacidad de trabajo, me vuelve mucho mejor.
Pero a la hora de trabajar no disfrutamos de intimidad con lo que tenemos delante. Hay tantos extraños invitados internos y externos, impuestos por otros y sobre todo autoimpuestos por nosotros mismos, que casi nunca estamos a solas con nuestras tareas.
La idea de quedarme a solas con mi tarea la descubrí de rebote, como una mera consecuencia de luchar contra las distracciones y la multitarea que me estaban condenando. Al tomar conciencia de queyo tenía la llave para mejorar cómo trabajaba, e ir eliminando invitados incómodos en el escenario, de repente me quedé a solas con mi tarea. La próxima que tengo que hacer, la que he de terminar.